Treinta y cuatro años después de la mayor catástrofe nuclear de la historia, aun hoy se respira un ambiente radiactivo en la ciudad que la albergó: Prípiat. Nadie diría que este lugar sombrío y abandonado haya sido el reclamo turístico de 107.000 visitantes, en el 2019. Incluso se ha popularizado el término de “turismo radiactivo” para definir esta experiencia apocalíptica. Eso sí, únicamente está permitida la entrada a mayores de edad y en tour guiado, cuyo precio oscila entre 80 y 400 euros según la zona visitada. Además, el acceso está limitado a un número concreto de personas por día, y en zonas de alto riesgo se fija un tiempo máximo de 10 minutos. Todas las precauciones son pocas si se trata de Chernóbil, la central nuclear que explotó en 1986 provocando la muerte de muchos miles de personas, además de animales y plantas.

El principio del fin

Cuando se desencadenó el desastre aquel 26 de abril a la 1:23h de la madrugada, los habitantes de Prípiat vieron a lo lejos una columna colorida que emanaba de la central. Nadie supo adivinar de qué se trataba, ni tampoco ningún experto advirtió del peligro que se avecinaba. Los ingenieros de Chernóbil estaban demasiado involucrados en la tarea de intentar enmendar sus errores, y frenar lo inevitable. Los políticos, demasiado preocupados porqué no cundiera el pánico ni el asunto les salpicase. Algunos ciudadanos incluso salieron a la calle a admirar aquel espectáculo: se conoce como “puente de la muerte” el puente del ferrocarril donde muchas familias de Prípiat acudieron, porqué ninguna de estas personas sigue convida. Era tal la ignorancia de lo que realmente estaba ocurriendo, que los niños saltaron y jugaron con el polvo radiactivo que se acumuló por toda la ciudad.

Escombros de la ciudad fantasma de Prípiat en la región de Kiev, Ucrania. CRÉDITO: Amort 1939 / Needpix.com

Prípiat sí sigue habitada

Finalmente sonaron las alarmas y se informó a los habitantes de Prípiat que disponían de 50 minutos para dejar sus casas, incluidas sus mascotas. 300.000 personas fueron trasladadas de sus hogares, supuestamente de forma temporal, aunque hoy sigue sin ser habitable. Una vez que la zona estuvo despejada se envió a soldados para exterminar cualquier animal contaminado que estuviera en la zona, para evitar la propagación. Aun hoy quedan algunos animales de compañía paseándose por las calles de la ciudad, y por eso se advierte a los visitantes de no tocarlos. Pero… ¿en qué condiciones han tenido que sobrevivir estos animales abandonados?

Un estudio sobre los efectos biológicos de la radiación a bajo nivel intenta responder a esta cuestión, normalmente apartada del foco principal de investigaciones. Perros, gatos y otras mascotas se vieron obligadas a adaptarse a condiciones de campo, que debido a la radiación, ni eran ni son óptimas actualmente. Ámbitos como el de la alimentación, el riesgo de depredación o de parasitismo, actividades normales en el organismo de estos animales, se vieron modificadas.

Por ejemplo, ante tales niveles de radiación los carotenoides u otros tipos de antioxidantes que están presentes en plantas y animales perdieron su capacidad protectora ante enfermedades como el cáncer. Lo que ocurre es que la radiación aumenta el nivel de estrés oxidativo en las células, y se desequilibra el proceso de oxidación y reparación de daños. Muchas especies que utilizan antioxidantes para necesidades biológicas como la deposición de huevos o del plumaje, sufrieron los peores niveles radiación.

Gatos abandonados por su exposición a la radiación en Prípiat. CRÉDITO: Roman Harak / flickr

Consejos para los visitantes de Prípiat

Desde que ocurrió la catástrofe hasta la apertura al público de la central en el año 2011, se ha trabajado duro para asegurar la zona. En un principio, se estableció un perímetro de no acceso de 30km a la redonda mientras se modernizaban los reactores y se construía el sarcófago del reactor dañado.

De cara al público, existen una serie de recomendaciones que deben tenerse muy presentes. El bosque no está descontaminado, por tanto no deben acercarse. Hay que estar bien protegido, con una manga larga y zapato cerrado, para no exponer la piel demasiado. Se recomienda además no tocar nada y ducharse después de la visita. Pero la experta nuclear Betsan Corkhill nos recuerda que “el mayor riesgo que entraña la visita a Chernóbil no es el envenenamiento por la radiación, sino el caer a través de agujero en el suelo”, debido al mal estado en que se encuentran.

Para aquellos valientes que se atrevan a adentrarse en las entrañas de una ciudad ya muerta, nos gustaría hacer un llamamiento a que se haga de manera ética y responsable. No hay que olvidar el terror que se vivió durante la catástrofe, ni las miles de personas que aun hoy lo siguen sufriendo en sus propias carnes. Por eso, pedimos que se eviten las frivolizaciones y se respete la memoria de las víctimas.

Referencias

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